Embajada en Confederación Suiza

Presentación de “Algo se quebró en mí”, de Gladys Ambort.

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“Algo se quebró en mí”
Por Juan Espinoza, Berna, swissinfo.ch
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Recientemente distinguida por Ginebra con el premio ‘Mujer exiliada, mujer comprometida 2011’, la ciudadana argentina con raíces suizas Gladys Ambort necesitó 30 años para “poner palabras” justas a casi tres años de cautiverio psicológico en la estrechez y la frialdad de celdas que a los 17 años ocupó sin causa jurídica en el gobierno de María Estela Perón y de la Junta Militar.
El pecado de la joven: un comentario denunciado por su profesora de Historia.
El efecto devastador de la soledad en el ser humano es el hilo conductor en las 160 páginas del libro presentado en la Universidad de Berna.

El valor testimonial y de reflexión filosófica del libro ‘Algo se quebró en mí. De cómo terminó mi adolescencia en una celda de castigo’ también fue abordado en un acto cultural auspiciado por la Embajada de Argentina y el Centro Suizo de Competencia de Derechos Humanos, en Berna, el pasado martes.

“Usted ha escrito un libro cuyo mensaje es universal, sin atisbos de rencor político y mucho humanismo, que permite comprender la soledad. Es bueno para que las autoridades entiendan la dimensión de la palabra dignidad”, expresó el profesor Walter Kälin, del Instituto de Derecho Público de Berna, dirigiéndose a la autora.

Siguiendo ese tenor, el profesor Marco Mona, miembro de la Comisión Nacional para la Prevención de la Tortura tomó como referencia lo vivido por Gladys Ambort para recordar la persistencia de casos similares en diversos lugares del mundo y la necesidad de actuar en defensa de los derechos humanos con instrumentos adecuados.“Lo que nos interesa es que cada vez sea mayor el número de personas que digan ‘NO’ a la tortura y al atentado contra la dignidad humana”.

Historia de una adolescente con ideales
Corre al año 1975 bajo el gobierno de María Estela Perón en una Argentina apurada por las movilizaciones sociales y las acciones guerrilleras de los Montoneros, el ERP y las fuerzas paramilitares de extrema derecha. Gladys Ambort es a la sazón una joven estudiante recién casada que, como muchos de su generación, aspiran a cambios justos en la sociedad de su país.

Su mundo de militancia en Vanguardia Comunista y de estudios en el Comercial de Córdoba se desmorona el 27 de mayo de aquel año: de la libertad pasa a ser presa política sin saber por qué. Su odisea carcelaria iniciada en Río Cuarto la llevará luego a las de Córdoba y Villa Devoto en Buenos Aires, donde los diversos grados de la soledad, el aislamiento y la incomunicación ponen a prueba la fortaleza de su identidad en un mundo ajeno al de una muchacha de su edad.

Sin los otros no somos nada
La salud de Gladys se deteriora en el calabozo de la Comisaría de Río Cuarto y obliga su traslado al Convento El Buen Pastor, un convento convertido en cárcel a cargo de monjas. Está presa, pero es un ambiente benigno, puede dirigir la mirada al cielo abierto y hasta aprender a tocar guitarra. Es la única presa política entre muchas comunes.

La ley dicta su sobreseimiento, pero la retienen, mientras tanto se acentúa el rumor de golpe de estado. El 12 de diciembre de 1975 es transferida al Pabellón 14 en la Unidad Penitenciaria de Córdoba, donde advierte que la cárcel no era como se imaginaba y que las presas “funcionaban según su sello político”, pero mantiene intacto su contacto mental con el mundo exterior, familiar.

Tras el ascenso de la Junta Militar (24.03.1976), los uniformados imponen sus órdenes. “Nos incomunicaron totalmente. Durante casi 9 meses nos impidieron ver a nuestras familias y amigos y nos privaron de todo contacto con el exterior”.

Después se sucederían los sometimientos a ejercicios físicos hasta la extenuación, cortes de cabellera, desnudos colectivos e individuales, despojo de pertenencias personales, medidas represivas, castigos de extremo rigor y asesinato.

“Que se imagine (el lector) lo que es estar acostada en una celda, escuchando el ruido de candados que se abren y de cadenas que se corren, de pasos que avanzan sin que nadie sepa en qué celda se detendrán. Que se imagine lo que se siente cuando las botas se alejan en el silencio de la noche llevándose a una compañera a la que solo un rato más tarde van a matar”, insta Gladys.

La salida sin retorno de Diana y muchos otros, sometidos a la ley de fuga acrecientan la dimensión de dependencia humana en situaciones difíciles.

En la celda de castigo
Mientras en nombre del “Proceso de Reorganización Nacional” la junta militar intensificaba la “guerra sucia” persiguiendo y exterminando a los supuestos subversivos; torturándolos con métodos brutales, haciéndolos “desaparecer” sin rastro, violando a mujeres y separando a madres de sus hijos nacidos en prisión; Gladys es trasladada a Villa de Devoto de Buenos Aires.

Era una de las cárceles que el régimen había elegido como vidriera internacional para recibir especialmente la visita de defensores de los derechos humanos, recuerda. Allí transcurrirán los próximos días de encierro de Gladys Ambort .

La ideas de economato, pabellón compartido e intercambio de ideas entre reclusas entusiasma tras las atrocidades vistas y vividas en Córdoba. Pero las interpretaciones personales no coincidentes con las de las mayorías limitan su relación, porque aún participando en actividades cotidianas conjuntas es notable el aislamiento político e ideológico.

El supuesto rayado a la mesita de locutorio marca el punto de inflexión en el estado anímico de la joven reclusa. Condenada a la celda de castigo durante quince días se ve en un espacio ófrico de paredes desnudas, sin dibujo alguno de un corazón con dos nombres o una frase de la creatividad popular que distraigan su atención y aminoren su sensación de soledad.

“Mis sentidos estaban privados de todo estímulo. Me habían dejado sola, sola frente a mí misma y ni siquiera podía verme. Ningún rostro, ni siquiera un objeto que reflejara el mío. Nada, nada, nada”. Es ahí cuando Gladys se confiesa: “Algo se quebró en mí”, pero no la aniquila.

Salida al exilio
La presión del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y otras organizaciones defensoras hace que el régimen militar pusiera a Gladys ante la opción de encierro o exilio. Decide partir, dolida porque deja su patria, su idioma, su familia, sus amigos.

“En París fui recibida muy bien. Las muestras de apoyo y de amistad fueron sinceras, incontables, profundas y no las olvidaré. Pero la soledad , el miedo y la incertidumbre que llevaba dentro de mí no podían recibir asilo en ningún lugar”, evoca Gladys recordando aquel día invernal de febrero de 1978.

Concluía el calvario de una adolescente idealista convertida en mujer. Tuvo la suerte de no sufrir torturas físicas, pero traía consigo profundas cicatrices de soledad y aislamiento, cicatrices que pudo describir con palabras justas sólo después de casi tres décadas de reflexiones y preguntas.

En su reencuentro con nuevas metas, Gladys Ambort retomó los libros hasta graduarse en Ciencias Sociales, Economía y doctorarse en Letras. Hoy vive en Ginebra, cuyo municipio acaba de distinguirla con el premio ‘Mujer exiliada, mujer comprometida 2011’.

“Página por página la autora, al describir su encierro va desarrollando una sabia y detallada filosofía de la soledad .Un libro profundo que emociona. Lo tengo abierto en mi escritorio. No puedo cerrarlo. Está todo descrito. Tal cual fue. Nos va a dar fuerza para seguir luchando y soñando con una sociedad justa, generosa, de mano abierta. Es lo único que vale”, sentencia con el prólogo del escritor y periodista Osvaldo Bayer sobre el valor testimonial y filosófico de ‘Algo se quebró en mí. De cómo terminó mi adolescencia en una celda de castigo’.

Juan Espinoza, Berna, swissinfo.ch

Fondo argentino de cooperación sur-sur y triangular